
Mi relación con Tarantino, aparte de obviamente unilateral, es complicada. Sus dos primeras películas (Reservoir Dogs y Pulp Fiction) me encantaron.
La tercera, Jackie Brown, no entendí de qué se trataba. No me la acuerdo mucho pero creo que no entendí la trama y, peor aún, no me importó no entenderla.
Flash forward 6 años, Kill Bill.
Cuando digo esto me miran con descreimiento, justo yo, que te veo cualquier cosa con orientales y espadas y violencia, sí, justo yo, ODIE Kill Bill.
No puedo explicar bien porqué; a los días de verla me encontré con un amigo, que tampoco la amó, y me dijo: es que es una película sin corazón. Supongo que es eso.
Kill Bill 2 no la ví ni la pienso ver. Agarré unos pedacitos en I-sat alguna vez y no.
Así estábamos con Quentin, distanciados, hasta el domingo que ví Death Proof y somos amigos de vuelta.
Death Proof seguramente es una película menor, un divertimento pero tiene corazón.
Ayer lavaba los platos y pensaba: claro, es que es como una paja de Tarantino, chicas bellísimas y violentas. Mucha pierna, mucho pie, vieron esa teoría de que hay tits men y legs men, bueno, Tarantino es legs all the way.
Está la jirafa Sydney Poitier (que es hija de Sidney Poitier).
Están los pies de Rosario Dawson. Y Rosario, toda ella.
Está el bailecito, siempre hay bailecitos en las de Quentin (empezando por Michael Madsen y la navaja al ritmo de Stuck in the middle with you).
Está la porrista.
Y está Snake Plissken.
Y Zoe The Cat.